martes, 21 de noviembre de 2017

La esfera armilar.



Después se volvió hacia el cadáver y se quedó mirándolo. Parecía que sólo en ese momento se daba cuenta de la muerte de su amigo-. Pobre Severino- dijo-, había sospechado también de ti y de tus venenos. Y tú también te creías amenazado por un veneno o no te habrías puesto esos guantes. Temías un peligro de la tierra y en cambio te llego de la cúpula celeste...- Volvió a coger la esfera y la observó con atención-. Vaya a saberse porque han usado justo este arma...

-Estaba a mano.

- Quizá. También había otras cosas, vasos, instrumentos de jardinería... Es una buena muestra de metalistería y de ciencia astronómica. Está destrozada y ... ¡Santo cielo!- exclamó.

-¿Qué sucede?

-Y fue golpeada la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas...- recito.

El texto del apóstol Juan no era nuevo para mí:

-¡La cuarta trompeta! - exclamé.

- Así es. Primero el granizo, después la sangre, después el agua y ahora las estrellas... Entonces hay que revisarlo todo. El asesino no ha golpeado al azar. Ha seguido un plan...Pero, ¿cabe imaginar la existencia de una mente tan malvada que sólo mate cuando puede hacerlo de acuerdo con los dictámenes del libro del Apocalipsis?

El nombre de la rosa.
 Umberto Eco.
 

martes, 24 de octubre de 2017

Telémaco





-Lo podemos tomar solo - dijo Stephen. - Hay un limón en el aparador.

-Maldito seas tu con tus modas de París. -dijo Buck Mulligan -: yo quiero leche de Sandycove. 

Haines se acercó desde la entrada y dijo tranquilamente:

- Ya sube esa mujer con la leche.

-Las bendiciones de Dios sobre ti - gritó Buck Mulligan, levantándose de la silla de un salto-. Siéntate. Echa el té ahí. El azúcar está en la bolsa. Ea, no puedo seguir enredándome con los malditos huevos.

Dio unos tajos a través de la fritanga de la fuente y la fue estampando en tres platos mientras decía:

- In nomine Patris et Filii et Spiritu Sancti.

Haines se sentó a servir el té.

-Os doy dos terrones a cada uno -dijo- . Pero oye, Mulligan, tú haces fuerte el té, ¿no? 

Buck Mulligan sacando gruesas rebanadas de la hogaza, dijo con mimosa voz de vieja:

- Cuando hago té, hago té, como decía la abuela Grogan. Y cuando hago aguas, hago aguas.

- Por Júpiter que es té -dijo Haines.

Buck Mulligan siguió cortando y hablando con mimos de vieja:

-" Eso hago yo, señora Cahill", dice. "Caramba, señora", dice la señora Cahill, "Dios le conceda no hacerlo en el mismo cacharro".

Tendió a cada uno de los comensales, por turno, una gruesa rebanada de pan, empalada en el cuchillo.

- Esa es gente para tu libro, Haines- dijo con gran seriedad-. Cinco líneas de texto y diez páginas de notas sobre el pueblo y los dioses-peces de Dundrum. Impreso por las hermanas Parcas en el año del gran viento.


Ulises.
Capítulo 1 -Telémaco.

James Joyce.

 
 


miércoles, 5 de abril de 2017

jueves, 5 de enero de 2017

martes, 27 de septiembre de 2016

El prado Hierbarroja


...¿De verdad tiene tres castillos?
-Solo en el escudo. Es cierto que la casa Peake poseía tres castillos, pero perdió dos.
-¿Cómo se pierden dos castillos?
-Luchando en el lado del Dragón Negro.
-Ah.- Dunk se sintió muy idiota- “Se trata de eso. Otra vez.”
Durante doscientos años, los descendientes de Aegon el Conquistador y sus hermanas, que habían unido los siete reinos y forjado el Trono de Hierro, gobernaron el reino. En los estandartes reales ondeaba el dragón de tres cabezas de la casa Targaryen, gules sobre sable. Pero hacía dieciséis años Daemon Fuegoscuro, uno de los muchos bastardos del rey Aegon IV, se rebeló contra su hermano, hijo legítimo del rey. Daemon también lucía el blasón del dragón de tres cabezas, pero invirtió los colores, como era costumbre entre los bastardos. Su rebelión terminó en el Prado Hierbarroja, donde cayó junto con sus hijos gemelos bajo una lluvia de flechas de lord Cuervo de Sangre. Los rebeldes que sobrevivieron y se arrodillaron conservaron la vida, aunque perdieron oro, tierras y algunos títulos, y todos tuvieron que entregar rehenes como garantía de su lealtad.


  El caballero misterioso.
                                                                                                                            George R.R. Martin.


jueves, 25 de agosto de 2016

Cuervo de Sangre.



Como decía el acertijo que Egg había escuchado en Antigua: “¿Cuántos ojos tiene lord Cuervo de Sangre? Mil y un ojos”.

Dunk había visto a Cuervo de Sangre hacía seis años en Desembarco del Rey.  Subía por la calle del Acero a lomos de un caballo de pelaje claro, seguido por una partida de cincuenta picos de cuervo. Fue antes de que el rey Aerys ascendiera al trono y lo nombrara mano, y ya entonces resultaba imponente con Hermana Oscura al costado y el atuendo color humo y escarlata. La piel pálida y el cabello blanco y sucio le daban aspecto de cadáver andante, y decían que la mancha de nacimiento color vino que le cruzaba la mejilla y la barbilla tenía forma de cuervo, pero a Dunk solo le pareció una mancha informe y descolorida. Lo miró con tal intensidad que el hechicero del rey se dio cuenta y se volvió hacia él. Solo tenía un ojo y era de un rojo muy vivo; en el otro lado de la cara, la cuenca estaba vacía, cortesía de Aceroamargo en el Prado de Hierbarroja. Sin embargo, Dunk tuvo la sensación de que dos ojos le taladraban la piel y se le clavaban hasta el alma.


                                                                                                                                     La espada leal.
                                                                                                                            George R.R. Martin.


martes, 9 de agosto de 2016

Ser Duncan el Alto



Dunk fue a buscar a Egg y luego se acercó a ella.

-¿Sí, mi señor?- inquirió la chica con la mirada de reojo y un atisbo de sonrisa. Dunk le sacaba una cabeza, pero aun así era la muchacha más alta que había visto en la vida.

- Ha estado muy bien- comentó Egg con entusiasmo-. Me encanta como mueves a Jonquil, al dragón, a todos los que has sacado. El año pasado vi otra función de marionetas, pero se movían como a trompicones. Las tuyas tienen más gracia.

- Eres muy amable – respondió la joven con cortesía.

- Y tus muñecos están muy bien tallados- intervino Dunk-. Sobre todo el dragón: es temible. ¿Los hacéis vosotros?

-Mi tío los talla y yo los pinto- explicó ella.

-¿Podrías pintarme una cosa? Te pagaré- Se descolgó el escudo del hombro y se los mostró-. Quiero tapar el caliz.

La chica examinó el escudo y luego clavó los ojos en él.

-¿Qué quieres que pinte?

Dunk no se había parado a pensarlo. ¿Qué podía lucir en lugar del cáliz alado? No se le ocurría nada. “Dunk el Tocho, seso de corcho.”

-Pues…no sé. – Con horror se dio cuenta de que las orejas se le estaba poniendo coloradas-. Ay, estoy comportándome como un bufón. Todos los hombres son bufones y todos los hombres son caballeros.

La muchacha sonrió.

-¿Qué colores tienes?- preguntó. A ver si eso le daba alguna idea.

-Puedo mezclar las pinturas para conseguir el color que quieras.

A Dunk siempre le había parecido tristón el leonado del anciano.

- Me gustaría el campo del color del ocaso- decidió de repente- Al anciano le gustaban los ocasos. Y la figura…

-Un olmo- intervino Egg-. Un olmo grande, como el de la poza, con el tronco marrón y las ramas verdes.

- Sí, buena idea- corroboró Dunk-. Un olmo…pero con una estrella fugaz encima. ¿Podrías pintarlo?

-Claro. Dame el escudo; está noche te lo pintaré y así lo tendrás para mañana.

-Me llaman ser Duncan el Alto.- Dunk le entregó el escudo.


El caballero errante
George R.R. Martin.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Juana a los treinta (Ciudad de México. 1681)


Después de rezar los maitines y los laudes, pone a bailar un trompo en la harina y estudia los círculos que el trompo dibuja. Investiga el agua y la luz, el aire y las cosas. ¿Por qué el huevo se une en el aceite hirviente y se despedaza en el almíbar? En triángulos de alfileres, busca el anillo de Salomón. Con un ojo pegado al telescopio, caza estrellas.

La han amenazado con la Inquisición y le han prohibido abrir los libros, pero sor Juana Inés de la Cruz estudia en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.

Entre el amor divino y el amor humano, entre los quince misterios del rosario que le cuelga del cuello y los enigmas del mundo, se debate sor Juana; y muchas noches pasa en blanco, orando, escribiendo, cuando recomienza en sus adentros la guerra inacabable entre la pasión y la razón. Al cabo de cada batalla, la primera luz del día entra en su celda del convento de las jerónimas y a sor Juana le ayuda recordar lo que dijo Lupercio Leonardo, aquello de que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Ella crea poemas en la mesa y en la cocina hojaldres; letras y delicias para regalar, música del arpa de David sanando a Saúl y sanando también a David, alegrías del alma y de la boca condenadas por los abogados del dolor.

–Sólo el sufrimiento te hará digna de Dios –le dice el confesor, y le ordena quemar lo que escribe, ignorar lo que sabe y no ver lo que mira.

La memoria del fuego.
I. Los nacimientos.
 Eduardo Galeano

martes, 22 de septiembre de 2015

Se equivoca el fuego. (Maní. 1562.)



Fray Diego de Landa arroja a las llamas, uno tras otro, los libros de los mayas.
El inquisidor maldice a Satanás y el fuego crepita y devora. Alrededor del quemadero los herejes aúllan cabeza abajo. Colgados de los pies, desollados a latigazos, los indios reciben baños de cera hirviente mientras crecen las llamaradas y crujen los libros, como quemándose.
Esta noche se convierten en cenizas ocho siglos de literatura maya. En estos largos pliegos de papel de corteza, hablaban los signos y la imágenes: contaban los trabajos y los días, los sueños y las guerras de un pueblo nacido antes que Cristo. Con pinceles de cerda de jabalí , los sabedores de cosas habían pintado estos libros alumbrados, alumbradores, para que los nietos de los nietos no fueran ciegos y supieran verse y ver la historia de los suyos, para que conocieran el movimiento de las estrellas, la frecuencia de los eclipses y las profecías de los dioses, y para que pudieran llamar a las lluvias y a las buenas cosechas de maíz.
Al centro, el inquisidor quema los libros. En torno de la hoguera inmensa castiga a los lectores. Mientras tanto los autores, artistas-sacerdotes muertos hace años o hace siglos, beben chocolate a la fresca sombra del primer árbol del mundo. Ellos están en paz, porque han muerto sabiendo que la memoria no se incendia. ¿Acaso no se cantará y se danzará, por los tiempos de los tiempos, lo que ellos habían pintado?
Cuando le quemen sus casitas de papel, la memoria encuentra refugio en las bocas que cantan las glorias de los hombres y los dioses, cantares que de gente en gente quedan, y en los cuerpos que danzan al son de los troncos huecos, los caparazones de tortuga y las flautas de caña.


La memoria del fuego.
I. Los nacimientos.
 Eduardo Galeano