jueves, 25 de agosto de 2016

Cuervo de Sangre.



Como decía el acertijo que Egg había escuchado en Antigua: “¿Cuántos ojos tiene lord Cuervo de Sangre? Mil y un ojos”.

Dunk había visto a Cuervo de Sangre hacía seis años en Desembarco del Rey.  Subía por la calle del Acero a lomos de un caballo de pelaje claro, seguido por una partida de cincuenta picos de cuervo. Fue antes de que el rey Aerys ascendiera al trono y lo nombrara mano, y ya entonces resultaba imponente con Hermana Oscura al costado y el atuendo color humo y escarlata. La piel pálida y el cabello blanco y sucio le daban aspecto de cadáver andante, y decían que la mancha de nacimiento color vino que le cruzaba la mejilla y la barbilla tenía forma de cuervo, pero a Dunk solo le pareció una mancha informe y descolorida. Lo miró con tal intensidad que el hechicero del rey se dio cuenta y se volvió hacia él. Solo tenía un ojo y era de un rojo muy vivo; en el otro lado de la cara, la cuenca estaba vacía, cortesía de Aceroamargo en el Prado de Hierbarroja. Sin embargo, Dunk tuvo la sensación de que dos ojos le taladraban la piel y se le clavaban hasta el alma.


                                                                                                                                     La espada leal.
                                                                                                                            George R.R. Martin.


martes, 9 de agosto de 2016

Ser Duncan el Alto



Dunk fue a buscar a Egg y luego se acercó a ella.

-¿Sí, mi señor?- inquirió la chica con la mirada de reojo y un atisbo de sonrisa. Dunk le sacaba una cabeza, pero aun así era la muchacha más alta que había visto en la vida.

- Ha estado muy bien- comentó Egg con entusiasmo-. Me encanta como mueves a Jonquil, al dragón, a todos los que has sacado. El año pasado vi otra función de marionetas, pero se movían como a trompicones. Las tuyas tienen más gracia.

- Eres muy amable – respondió la joven con cortesía.

- Y tus muñecos están muy bien tallados- intervino Dunk-. Sobre todo el dragón: es temible. ¿Los hacéis vosotros?

-Mi tío los talla y yo los pinto- explicó ella.

-¿Podrías pintarme una cosa? Te pagaré- Se descolgó el escudo del hombro y se los mostró-. Quiero tapar el caliz.

La chica examinó el escudo y luego clavó los ojos en él.

-¿Qué quieres que pinte?

Dunk no se había parado a pensarlo. ¿Qué podía lucir en lugar del cáliz alado? No se le ocurría nada. “Dunk el Tocho, seso de corcho.”

-Pues…no sé. – Con horror se dio cuenta de que las orejas se le estaba poniendo coloradas-. Ay, estoy comportándome como un bufón. Todos los hombres son bufones y todos los hombres son caballeros.

La muchacha sonrió.

-¿Qué colores tienes?- preguntó. A ver si eso le daba alguna idea.

-Puedo mezclar las pinturas para conseguir el color que quieras.

A Dunk siempre le había parecido tristón el leonado del anciano.

- Me gustaría el campo del color del ocaso- decidió de repente- Al anciano le gustaban los ocasos. Y la figura…

-Un olmo- intervino Egg-. Un olmo grande, como el de la poza, con el tronco marrón y las ramas verdes.

- Sí, buena idea- corroboró Dunk-. Un olmo…pero con una estrella fugaz encima. ¿Podrías pintarlo?

-Claro. Dame el escudo; está noche te lo pintaré y así lo tendrás para mañana.

-Me llaman ser Duncan el Alto.- Dunk le entregó el escudo.


El caballero errante
George R.R. Martin.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Juana a los treinta (Ciudad de México. 1681)


Después de rezar los maitines y los laudes, pone a bailar un trompo en la harina y estudia los círculos que el trompo dibuja. Investiga el agua y la luz, el aire y las cosas. ¿Por qué el huevo se une en el aceite hirviente y se despedaza en el almíbar? En triángulos de alfileres, busca el anillo de Salomón. Con un ojo pegado al telescopio, caza estrellas.

La han amenazado con la Inquisición y le han prohibido abrir los libros, pero sor Juana Inés de la Cruz estudia en las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal.

Entre el amor divino y el amor humano, entre los quince misterios del rosario que le cuelga del cuello y los enigmas del mundo, se debate sor Juana; y muchas noches pasa en blanco, orando, escribiendo, cuando recomienza en sus adentros la guerra inacabable entre la pasión y la razón. Al cabo de cada batalla, la primera luz del día entra en su celda del convento de las jerónimas y a sor Juana le ayuda recordar lo que dijo Lupercio Leonardo, aquello de que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Ella crea poemas en la mesa y en la cocina hojaldres; letras y delicias para regalar, música del arpa de David sanando a Saúl y sanando también a David, alegrías del alma y de la boca condenadas por los abogados del dolor.

–Sólo el sufrimiento te hará digna de Dios –le dice el confesor, y le ordena quemar lo que escribe, ignorar lo que sabe y no ver lo que mira.

La memoria del fuego.
I. Los nacimientos.
 Eduardo Galeano

martes, 22 de septiembre de 2015

Se equivoca el fuego. (Maní. 1562.)



Fray Diego de Landa arroja a las llamas, uno tras otro, los libros de los mayas.
El inquisidor maldice a Satanás y el fuego crepita y devora. Alrededor del quemadero los herejes aúllan cabeza abajo. Colgados de los pies, desollados a latigazos, los indios reciben baños de cera hirviente mientras crecen las llamaradas y crujen los libros, como quemándose.
Esta noche se convierten en cenizas ocho siglos de literatura maya. En estos largos pliegos de papel de corteza, hablaban los signos y la imágenes: contaban los trabajos y los días, los sueños y las guerras de un pueblo nacido antes que Cristo. Con pinceles de cerda de jabalí , los sabedores de cosas habían pintado estos libros alumbrados, alumbradores, para que los nietos de los nietos no fueran ciegos y supieran verse y ver la historia de los suyos, para que conocieran el movimiento de las estrellas, la frecuencia de los eclipses y las profecías de los dioses, y para que pudieran llamar a las lluvias y a las buenas cosechas de maíz.
Al centro, el inquisidor quema los libros. En torno de la hoguera inmensa castiga a los lectores. Mientras tanto los autores, artistas-sacerdotes muertos hace años o hace siglos, beben chocolate a la fresca sombra del primer árbol del mundo. Ellos están en paz, porque han muerto sabiendo que la memoria no se incendia. ¿Acaso no se cantará y se danzará, por los tiempos de los tiempos, lo que ellos habían pintado?
Cuando le quemen sus casitas de papel, la memoria encuentra refugio en las bocas que cantan las glorias de los hombres y los dioses, cantares que de gente en gente quedan, y en los cuerpos que danzan al son de los troncos huecos, los caparazones de tortuga y las flautas de caña.


La memoria del fuego.
I. Los nacimientos.
 Eduardo Galeano


martes, 25 de agosto de 2015

El testamento de Adán. (Roma. 1493.)










En la penumbra del Vaticano, fragante de perfumes de Oriente, el papa dicta una nueva bula.
Hace poco tiempo que Rodrigo Borgia, valenciano del pueblo de Xátiva, se llama Alejandro VI. No ha pasado todavía un año desde el día en que compró al contado los siete votos que le faltaban en el Sacro Colegio y pudo cambiar la púrpura del cardenal por el capuchón de armiño del Sumo Pontífice.
Más horas dedica Alejandro VI a calcular el precio de las indulgencias que a meditar el misterio de la Santísima Trinidad. Nadie ignora que prefiere las misas muy breves, salvo las que en su cámara privada celebra, enmascarado, el bufón Gabriellino, y todo el mundo sabe que el nuevo papa es capaz de desviar la procesión del Corpus para que pase bajo el balcón de una mujer hermosa.
También es capaz de cortar el mundo como si fuera un pollo: alza la mano y traza una frontera, de cabo a rabo del planeta, a través de la mar incógnita. El apoderado de Dios concede a perpetuidad todo lo que se haya descubierto o se descubra, al oeste de esa línea, a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón y a sus herederos en el trono español. Les encomienda que a las islas y tierras firmes halladas o por hallar envíen hombres buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios y expertos, para que instruyan a los naturales en la fe católica y les enseñen buenas costumbres. A la corona portuguesa pertenecerá lo que se descubra al este.
Angustia y euforia de las velas desplegadas: ya Colón está preparando, en Andalucía, su segundo viaje hacia los parajes donde el oro crece en racimos en las viñas y las piedras preciosas aguardan en los cráneos de los dragones.


La memoria del fuego.
I. Los nacimientos.

 Eduardo Galeano

martes, 23 de junio de 2015

El domador de dragones




VISERION!– Chasqueó el látigo en el aire, con un chasquido que hizo eco en las paredes ennegrecidas. La pálida cabeza se alzó. Los grandes ojos oro se estrecharon. Volutas espiral de humo se elevaron de las ventanas de la nariz del dragón.

–Abajo– ordenó el príncipe. «No debes dejar que huela tu miedo». –Abajo, abajo, abajo.–

Movió el látigo alrededor y dio un latigazo en el rostro del dragón. Viserion siseó. Y un viento caliente lo abofeteó y oyó el sonido de las alas de cuero y el aire se llenó de cenizas y escorias, y un rugido monstruoso fue haciendo eco en los ladrillos quemados y ennegrecidos y se podía oír a sus amigos gritando salvajemente. Gerris lo estaba llamando por su nombre, una y otra vez, y el hombre grande, –detrás de ti, detrás de ti, detrás de ti!

Quentyn dio la vuelta y colocó su brazo izquierdo sobre su cara para proteger sus ojos contra el viento infernal.

«Rhaegal», recordó, «el verde es Rhaegal».

Cuando levantó el látigo, vio que éste estaba ardiendo. Su mano también. Todo él, Todo él se estaba quemando.

«Oh», pensó. Y entonces empezó a gritar.

Danza de dragones 
George R.R. Martin.