miércoles, 27 de junio de 2018

Gwynplaine





-Hoy, veintinueve de enero de 1690 de la era cristiana.

-Ha sido criminalmente abandonado, en la costa desierta de Portland, con la intención de dejarle morir de hambre, de frío y de soledad, un niño de diez años.

- Este niño fue vendido a la edad de dos años por orden de su muy graciosa majestad el rey Jacobo.

- Este niño es Lord Fermain Clancharlie, hijo legítimo y único de Lord Lineo Clancharlie, barón Clancharlie y Hunkerville, marqués de Corleone en Italia, par del reino de Inglaterra, hoy difunto, y de Ana Bradshaw, su esposa, hoy también difunta.

- Este niño es heredero de los bienes y títulos de su padre. Es por esta causa que fue vendido, mutilado, desfigurado, y escamoteado por la voluntad de su graciosa majestad.

- Este niño ha sido educado y adiestrado para que fuese volatinero en los mercados y ferias.

-Fue vendido a la edad de dos años, despues de la muerte de su señor padre, por diez libras esterlinas, que dieron al rey por su compra, así como por diversas concesiones, tolerancias e inmunidades.

- Lord Fermain Clancharlie, a los dos años de edad, fue comprado por mí, quien suscribe y escribe estas líneas, y mutilado y desfigurado por un flamenco de Flandes llamado Hardquanonne, que es el único que posee los secretos y procedimientos del doctor Conquest.

- El niño estaba destinado por nosotros a presentar una máscara que siempre estuviera riendo: Masca ridens.

- Fue con esta intención que Hardquanonne le practicó la operación Bucca fisa usque ad aures que da a la fisonomía una risa perpetua.
- El niño, por un medio conocido únicamente por Hardquanonne, habiendo sido adormecido e insensibilizado durante este trabajo, ignora la operación que sufrió.

- Ignora que es Lord Clancharlie.

- Responde al nombre de Gwynplaine.


El hombre que ríe.
Victor Hugo. 

miércoles, 23 de mayo de 2018

Calipso.





-Huele a quemado - dijo. -¿Dejaste algo al fuego?

-¡El riñón! -gritó él de repente.

Se encajó el libro de mala manera en un bolsillo interior y, golpeándose los dedos de los pies contra la cómoda rota, salió deprisa hacia el olor, por las escaleras abajo, con piernas de cigüeña asustada. Un humo picante subía en iracundo chorro de un lado de la sartén. Empujando una punta del tenedor bajo el riñón lo despegó y lo volcó del revés como una tortuga. Sólo un poco quemado. Lo sacó de la sartén y lo echó en un plato, haciendo gotear encima el escaso jugo pardo.

Taza de té ahora. Se sentó, cortó y untó de mantequilla una rebanada de la hogaza. Raspó la carne quemada y se la echó a la gata. Luego se metió una tenerodada, mascando con discernimiento la sabrosa carne blanda. En su punto. Un buche de té. Luego cortó dados de pan, mojó uno en la salsa y se lo metió en la boca. ¿Qué era eso de un estudiante joven y una merienda? Alisó la carta junto al plato, leyéndola despacio mientras masticaba, mojando otro pedazo de pan en la salsa y llevándoselo a la boca.


Ulises.
Capítulo 4 -Calipso.
                       James Joyce.

martes, 17 de abril de 2018

La creación según John D. Rockefeller (Nueva York. 1882)




En el principio hice la luz con farol de queroseno. Y las tinieblas, que se burlaban de las velas de sebo o de esperma, retrocedieron. Y amaneció y atardeció el día primero.

   Y el día segundo Dios me puso a prueba y permití que el demonio me tentara ofreciéndome amigos y amantes y otros despilfarros.

   Y dije: "Dejad que el petróleo venga a mí". Y fundé la Standard Oil. Y vi que estaba bien y amaneció y atardeció el día tercero.
  
  Y el día cuarto seguí el ejemplo de Dios. Como Él, amenacé y maldije a quien me negara obediencia; y como Él apliqué la extorsión y el castigo. Como Dios ha aplastado a sus competidores, así yo pulvericé sin piedad a mis rivales de Pittsburgh y Filadelfia. Y a los arrepentidos prometí perdón y paz eterna.

   Y puse fin al desordén del Universo. Y donde había caos, hice organización. Y en escala jamás conocida calculé costos, impuse precios y conquisté mercados. Y distribuí la fuerza de millones de brazos para que nunca más se derrochara tiempo, ni energía, ni materia. Y desterré la casualidad y la suerte de la historia de los hombres. Y en espacio por mi creado no reservé lugar alguno a los débiles ni a los ineficaces. Y amaneció y atardeció el día quinto.

  Y por dar nombre a mi obra inauguré la palabra trust. Y vi que estaba bien. Y comprobé que giraba el mundo alrededor de mis ojos vigilantes, mientras amanecía y atardecía el día sexto.

  Y el día séptimo hice caridad. Sumé el dinero que Dios me había dado por haber continuado Su obra perfecta y doné a los pobres veinte centavos. Y entonces descanse.

La memoria del fuego.
II. Las caras y las máscaras.
 Eduardo Galeano

martes, 20 de marzo de 2018

Proteo




El perro de ellos corría contoneándose en torno a un banco de arena invadido por el agua, al trote, olfatando por todas partes. Buscando algo perdido en una vida pasada. De repente salió disparado como una liebre que salta, las orejas echadas atrás, en persecución de la sombra de una gaviota en vuelo raso. El silbido chillón del hombre le hirió las flojas orejas. Se dio vuelta, volvió de un salto, se acercó, trotó sobre ancas chispeantes. En campo de gules, un ciervo pasante, de color natural, sin astas. En el borde del encaje de la marea se detuvo, con las patas delanteras rígidas, las orejas aguzadas hacia el mar. Su hocico levantado ladró al ruido de las olas, manada de morsas. Serpenteban hacia sus patas, rizándose, desplegando muchas crestas, una de cada nueve rompiéndose, salpicando, desde lejos, desde aún más afuera, olas y olas.

Buscadores de berberechos. Vadearon un trecho en el agua, y, agachándose, sumergieron sus bolsas, y, volviéndolas a levantar, salieron vadeando. El perrro ladró corriendo hacia ellos, se irguió y les manoteó, cayó a cuatro patas, y otra vez se irguió hacia ellos con muda adulación de oso. Sin que le hicieran caso, se mantuvo junto a ellos mientras se acercaban hacia la arena más seca, con un andrajo de lengua de lobo jadeando roja desde sus quijadas. Su cuerpo a manchas se contoneaba por delante de ellos, y luego echó a correr en un trote de becerro. El cadaver estaba en su camino. Se detuvo, olfateó, dio vuletas majestuosamente, hermano, acercó la nariz, giró en torno, olfateando deprisa perrunamente por completo todo el pelaje arrastrado del perro muerto. Cráneo de perro, olfatear de perro, ojos en el suelo, avanza hacia una sola gran meta. Ah, pobre cuerpo de perro. Aquí yace el cuerpo del pobre cuerpo de perro.

-¡ Andrajo! Fuera de ahí, chucho.

El grito le hizo volver furtivamente a su amo y un sordo puntapié ain bota le lanzó sano y salvo a través de una lengua de arena, encogido en el vuelo. Volvió disimulándose en curva. No me ve. A lo largo del borde del muelle, arrastró las patas, vagabundeó, olió una roca, y, por debajo de una pata trasera, orinó brevemente hacia una roca que no olió. Los sencillos placeres del pobre, Sus zarpas traseras entonces desparramaron arena: luego las zarpas delanteras hurgaron y ahondaron. Algo enterró allí, a su abuela. Hozó en la arena, hurgando, ahondando, y se detuvo a escuchar el aire, volvió a rascar en la arena con una furia en sus garras que cesó pronto, leopardo, pantera, engendrado quebrantamiento conyugal, buitreando a los muertos.


Ulises.
Capítulo 3 -Proteo.
                       James Joyce.


martes, 13 de febrero de 2018

La reforma agraria. (Campos de la Banda Oriental. 1816)







En Buenos Aires ponen el grito en el cielo. Al este del río Uruguay, Artigas expropia tierras de la familia Belgrano y de la familia Mitre, del suegro de San Martín, de Bernardino Rivadavia, de Azcuénaga y de Almagro y de Díaz Vélez. En Montevideo llaman a la reforma agraria proyecto criminal. Artigas tiene presos, con hierros en los pies, a Lucas Obes, Juan María Pérez y otros artistas del minué y de la manganeta.

    Para los dueños de la tierra, devoradores de leguas comidas por merced del rey, fraude o despojo, el gaucho es carne de cañón o siervo de estancia, y a quien se niegue hay que clavarlo en el cepo o meterle bala. Artigas quiere que cada gaucho se haga dueño de un pedazo de tierra.

    El pobrerio invade las estancias. En los campos orientales, arrasados por la guerra, empiezan a brotar ranchos, sementeras y corrales. Se hace atropellador el paisanaje atropellado. Se niegan a volver al desamparo los hombres que han puesto los muertos en la guerra de independencia. El cabildo de Montevideo llama forajido, perverso, vago y turbulento a Encarnación Benítez, soldado de Artigas, que galopa repartiendo tierras y vacas al frente de un tropel de malvados. A la sombra de su lanza encuentran refugio los humildes, pero este pardo analfabeto, corajudo, quizás feroz, nunca será estatua, ni llevará su nombre ninguna avenida, ni calle, ni caminito vecinal.


La memoria del fuego.
II. Las caras y las máscaras.
 Eduardo Galeano



martes, 16 de enero de 2018

Néstor




Sargent, el único que se había rezagado, se adelantó despacio, enseñando un cuaderno abierto, Su pelo enredado y su cuello descarnado, y , a través de sus nebulosas gafas, unos débiles ojos levantaban una mirada suplicante. En su mejilla, mortecina y exangüe, había una leve mancha de tinta, en forma de dátil, reciente y humeda como una huella de caracol.

Alargó su cuaderno. En la cabecera estaba escrita la palabra Operaciones. Debajo había cifras en declive y al pie una forma retorcida, con algunos ojos de las letras cegados y un borrón. Cyril Sargent: firmado y sellado.

-El señor Deasy me dijo que las volviera a escribir todas otra vez- dijo- y que se las enseñara a usted, profesor.

Stephen toco los bordes del cuaderno. Inutilidad.

- ¿Las entiende ahora cómo se hacen?- preguntó.

- Los ejercicios del once al quince-  contestó Sargent-. El señor Deasy dijo que tenía que copiarlos de la pizarra, profesor.

-¿Sabe hacerlos ahora usted mismo?- preguntó Stephen.

- No, señor.

Feo e inutil: cuello flaco y pelo enredado y una mancha de tinta, una huella de caracol. Sin embargo, una le había amado, le había llevado en brazos y en el corazón. De no ser por ella, la carrera del mundo le habría aplastado pisoteándolo, estrujado caracol sin hueso. Ella había amado esa débil sangre aguada sacada de la suya. ¿Era eso entonces real? ¿La única cosa verdadera de la vida? Sobre el postrado cuerpo de su madre cabalgó el fogoso Columbano con sagrado celo. Ella ya no existía: el tembloroso esqueleto de una ramita quemada en el hogar, un olor de palo de rosa y cenizas mojadas. Ella le había salvado de ser aplastado y pisoteado, y se había ido, escasamente habiendo sido.


Ulises.
Capítulo 2 -Néstor.

                                                                                                                                              James Joyce.

martes, 21 de noviembre de 2017

La esfera armilar.



Después se volvió hacia el cadáver y se quedó mirándolo. Parecía que sólo en ese momento se daba cuenta de la muerte de su amigo-. Pobre Severino- dijo-, había sospechado también de ti y de tus venenos. Y tú también te creías amenazado por un veneno o no te habrías puesto esos guantes. Temías un peligro de la tierra y en cambio te llego de la cúpula celeste...- Volvió a coger la esfera y la observó con atención-. Vaya a saberse porque han usado justo este arma...

-Estaba a mano.

- Quizá. También había otras cosas, vasos, instrumentos de jardinería... Es una buena muestra de metalistería y de ciencia astronómica. Está destrozada y ... ¡Santo cielo!- exclamó.

-¿Qué sucede?

-Y fue golpeada la tercera parte del sol y la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas...- recito.

El texto del apóstol Juan no era nuevo para mí:

-¡La cuarta trompeta! - exclamé.

- Así es. Primero el granizo, después la sangre, después el agua y ahora las estrellas... Entonces hay que revisarlo todo. El asesino no ha golpeado al azar. Ha seguido un plan...Pero, ¿cabe imaginar la existencia de una mente tan malvada que sólo mate cuando puede hacerlo de acuerdo con los dictámenes del libro del Apocalipsis?

El nombre de la rosa.
 Umberto Eco.
 

martes, 24 de octubre de 2017

Telémaco





-Lo podemos tomar solo - dijo Stephen. - Hay un limón en el aparador.

-Maldito seas tu con tus modas de París. -dijo Buck Mulligan -: yo quiero leche de Sandycove. 

Haines se acercó desde la entrada y dijo tranquilamente:

- Ya sube esa mujer con la leche.

-Las bendiciones de Dios sobre ti - gritó Buck Mulligan, levantándose de la silla de un salto-. Siéntate. Echa el té ahí. El azúcar está en la bolsa. Ea, no puedo seguir enredándome con los malditos huevos.

Dio unos tajos a través de la fritanga de la fuente y la fue estampando en tres platos mientras decía:

- In nomine Patris et Filii et Spiritu Sancti.

Haines se sentó a servir el té.

-Os doy dos terrones a cada uno -dijo- . Pero oye, Mulligan, tú haces fuerte el té, ¿no? 

Buck Mulligan sacando gruesas rebanadas de la hogaza, dijo con mimosa voz de vieja:

- Cuando hago té, hago té, como decía la abuela Grogan. Y cuando hago aguas, hago aguas.

- Por Júpiter que es té -dijo Haines.

Buck Mulligan siguió cortando y hablando con mimos de vieja:

-" Eso hago yo, señora Cahill", dice. "Caramba, señora", dice la señora Cahill, "Dios le conceda no hacerlo en el mismo cacharro".

Tendió a cada uno de los comensales, por turno, una gruesa rebanada de pan, empalada en el cuchillo.

- Esa es gente para tu libro, Haines- dijo con gran seriedad-. Cinco líneas de texto y diez páginas de notas sobre el pueblo y los dioses-peces de Dundrum. Impreso por las hermanas Parcas en el año del gran viento.


Ulises.
Capítulo 1 -Telémaco.

James Joyce.

 
 


miércoles, 5 de abril de 2017

jueves, 5 de enero de 2017

martes, 27 de septiembre de 2016

El prado Hierbarroja


...¿De verdad tiene tres castillos?
-Solo en el escudo. Es cierto que la casa Peake poseía tres castillos, pero perdió dos.
-¿Cómo se pierden dos castillos?
-Luchando en el lado del Dragón Negro.
-Ah.- Dunk se sintió muy idiota- “Se trata de eso. Otra vez.”
Durante doscientos años, los descendientes de Aegon el Conquistador y sus hermanas, que habían unido los siete reinos y forjado el Trono de Hierro, gobernaron el reino. En los estandartes reales ondeaba el dragón de tres cabezas de la casa Targaryen, gules sobre sable. Pero hacía dieciséis años Daemon Fuegoscuro, uno de los muchos bastardos del rey Aegon IV, se rebeló contra su hermano, hijo legítimo del rey. Daemon también lucía el blasón del dragón de tres cabezas, pero invirtió los colores, como era costumbre entre los bastardos. Su rebelión terminó en el Prado Hierbarroja, donde cayó junto con sus hijos gemelos bajo una lluvia de flechas de lord Cuervo de Sangre. Los rebeldes que sobrevivieron y se arrodillaron conservaron la vida, aunque perdieron oro, tierras y algunos títulos, y todos tuvieron que entregar rehenes como garantía de su lealtad.


  El caballero misterioso.
                                                                                                                            George R.R. Martin.


jueves, 25 de agosto de 2016

Cuervo de Sangre.



Como decía el acertijo que Egg había escuchado en Antigua: “¿Cuántos ojos tiene lord Cuervo de Sangre? Mil y un ojos”.

Dunk había visto a Cuervo de Sangre hacía seis años en Desembarco del Rey.  Subía por la calle del Acero a lomos de un caballo de pelaje claro, seguido por una partida de cincuenta picos de cuervo. Fue antes de que el rey Aerys ascendiera al trono y lo nombrara mano, y ya entonces resultaba imponente con Hermana Oscura al costado y el atuendo color humo y escarlata. La piel pálida y el cabello blanco y sucio le daban aspecto de cadáver andante, y decían que la mancha de nacimiento color vino que le cruzaba la mejilla y la barbilla tenía forma de cuervo, pero a Dunk solo le pareció una mancha informe y descolorida. Lo miró con tal intensidad que el hechicero del rey se dio cuenta y se volvió hacia él. Solo tenía un ojo y era de un rojo muy vivo; en el otro lado de la cara, la cuenca estaba vacía, cortesía de Aceroamargo en el Prado de Hierbarroja. Sin embargo, Dunk tuvo la sensación de que dos ojos le taladraban la piel y se le clavaban hasta el alma.


                                                                                                                                     La espada leal.
                                                                                                                            George R.R. Martin.


martes, 9 de agosto de 2016

Ser Duncan el Alto



Dunk fue a buscar a Egg y luego se acercó a ella.

-¿Sí, mi señor?- inquirió la chica con la mirada de reojo y un atisbo de sonrisa. Dunk le sacaba una cabeza, pero aun así era la muchacha más alta que había visto en la vida.

- Ha estado muy bien- comentó Egg con entusiasmo-. Me encanta como mueves a Jonquil, al dragón, a todos los que has sacado. El año pasado vi otra función de marionetas, pero se movían como a trompicones. Las tuyas tienen más gracia.

- Eres muy amable – respondió la joven con cortesía.

- Y tus muñecos están muy bien tallados- intervino Dunk-. Sobre todo el dragón: es temible. ¿Los hacéis vosotros?

-Mi tío los talla y yo los pinto- explicó ella.

-¿Podrías pintarme una cosa? Te pagaré- Se descolgó el escudo del hombro y se los mostró-. Quiero tapar el caliz.

La chica examinó el escudo y luego clavó los ojos en él.

-¿Qué quieres que pinte?

Dunk no se había parado a pensarlo. ¿Qué podía lucir en lugar del cáliz alado? No se le ocurría nada. “Dunk el Tocho, seso de corcho.”

-Pues…no sé. – Con horror se dio cuenta de que las orejas se le estaba poniendo coloradas-. Ay, estoy comportándome como un bufón. Todos los hombres son bufones y todos los hombres son caballeros.

La muchacha sonrió.

-¿Qué colores tienes?- preguntó. A ver si eso le daba alguna idea.

-Puedo mezclar las pinturas para conseguir el color que quieras.

A Dunk siempre le había parecido tristón el leonado del anciano.

- Me gustaría el campo del color del ocaso- decidió de repente- Al anciano le gustaban los ocasos. Y la figura…

-Un olmo- intervino Egg-. Un olmo grande, como el de la poza, con el tronco marrón y las ramas verdes.

- Sí, buena idea- corroboró Dunk-. Un olmo…pero con una estrella fugaz encima. ¿Podrías pintarlo?

-Claro. Dame el escudo; está noche te lo pintaré y así lo tendrás para mañana.

-Me llaman ser Duncan el Alto.- Dunk le entregó el escudo.


El caballero errante
George R.R. Martin.